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De Quimeras y Ensoñaciones

Del viejo al puente nuevo

Habitando en el espacio del ensueño donde los duendes juegan a ser sinceros, la mujer gris que se confunde con la multitud, pasea indiferente al jolgorio del día festivo, a los murmullos que se elevan por encima de las fachadas.
Su rostro es de princesa de cuento de hadas, su andar es cansino, su mente no está paseando por las calles bulliciosas de la ciudad, sino por el puente que vuela sobre el camino de piedras y que cruzan como dos serpientes sin fin las negras vías de hierro fundido sobre las que trotan los trenes que atraviesan los páramos de la soledad.
Una mancha negro morada desdibuja su rostro, justo donde unas gafas de sol pretenden ocultarla.
- Tropecé, me caí y me golpeé con el borde de la mesa – Le dijo al doctor cuando fue a visitarle.
El trasiego mundanal del gentío había ido bajando en intensidad, las calles más solitarias desfilaban a su encuentro y allá a lo lejos, la rampa ascendente, moderna, del puente nuevo le estaba llamando.
Apoyó su mano en la barandilla y tristemente eligió las escaleras frente a rampa, mientras subía miraba los peldaños y un ligero mareo le sobrevino con la altura.

No podría hacerlo.

Si era consciente de ser capaz de desmayarse allí, sobre los peldaños del puente nuevo. ¿Qué haría al llegar arriba? . Nada.
Entrecruzó los dedos a través de los alambres de la protección anti-caídas del puente, mirando al infinito, mirando hacia su futuro interrumpido por la maldita y estúpida afición del hombre a transformar los sitios peligrosos en lugares seguros.
Si fuese un hombre, tal vez podría escalar aquella barrera y subir a lo alto, pero no se consideraba con fuerzas, ni tan vulgar para romperse los dedos entre aquellas figuras romboidales de alambres que le impedían incluso la visión real de la lejanía.
Al bajar por el otro lado. lo hizo por la rampa, no quería volver a sentir las nauseas de una nueva debilidad, de un nuevo mareo incipiente que le debilitaran en su propósito irreductible. Los patios de las casas rezumaban soledad desde las alturas, incluso el patio de la terraza interior de la remodelada cafetería aparecía vacía, más al doblar la esquina, tres hombres semi-borrachos la miraron con lujuria y compasión.
Cruzó la carretera, anduvo por entre calles amplias con parques de arena y de nuevo vio el puente.
El puente viejo.
Sin escaleras. Sólo Rampa ascendente hacia el firmamento, hacia las golondrinas que bailaban tras los mosquitos, hacia las nubes.
Subió despacio, se acomodó sobre la barandilla, allá en lo alto, en medio del puente viejo, se quitó las gafas de sol, en sus ojos tan lindos asomaron lágrimas, el viento meció levemente su pelo y se llevó las gotitas de mar salada de su blanquecino rostro hacia el abismo de allá abajo. Miró muy lánguidamente a izquierda y derecha, nadie, sólo las voces de unos niños jugando con un balón en la lejanía. Y luego un silbido que cortaba el aire, una gotita minúscula en el frente, que se acercaba, se acercaba, se iba haciendo más y más perceptible.
Nadie había en el puente con ella, y a lo lejos el tren se acercaba, no había alambradas, sólo un pasamanos a media altura, que le llegaba por encima de la cintura. Un pitido del tren la sacó de su ensimismamiento, ¿Por qué diablos pitaría? . Ya se le veía enorme, como un dragón de larga cola, como un animal que quería atrapar entre sus fauces cualquier pesadilla, tragarse cualquier instante de una vida de recuerdos.
Lanzó sus gafas de sol a la vía, al abismo. El tren pasó sobre ellas sin tocarlas. Allá abajo estaban, confundidas con las rocas, indistinguibles. Pero para ella ya no estaban.
Todo había terminado.
Había dicho no. No a su silencio.
Ahora mostraría su rostro y volvería para pedir que pusiesen protección anti-caidas en el puente viejo y también en su vida.

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